Contexto y choque social y cultural
Desde la Revolución Islámica de 1979 en la que se derrocó a la monarquía, se instauró una república que no ha tenido nada de democrática, sino que se fundamentó en una teocracia liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini en la que la religión se impone de forma totalitaria. La Sharía constituye la base del orden legal y moral del Estado. El poder político y la religión están fusionados, dado que la ley religiosa se aplica como derecho positivo, regulando no sólo cuestiones penales e institucionales sino imponiendo la moral social. Existe una doble estructura de poder, con instituciones electas como el presidente y el parlamento, pero en la práctica el pluralismo es inexistente. Están sometidas al Líder Supremo, figura que concentra la autoridad religiosa, política y militar. A su alrededor operan el Consejo de Guardianes, que supervisa la legislación y filtra a los candidatos que pueden concurrir a elecciones, y los Guardianes de la Revolución, actor central tanto en la seguridad interior como en la planificación económica. Este desequilibrado diseño institucional le ha permitido a la dictadura un sistema estable en términos de control, pero frágil de legitimidad. La estabilidad del régimen no descansa en el consenso social sino en una combinación de coerción, vigilancia y control informativo, incluyendo censura y restricciones de Internet.
Frente a esto, casi 50 años después, Irán es una sociedad profundamente joven, urbana y educada, con una población mayoritariamente nacida después de la Revolución Islámica y que tampoco vivió la guerra con Irak. El efecto del cambio demográfico es incontestable, dado que para las nuevas generaciones la legitimidad histórica del sistema es irrelevante. Se ha asistido una evolución cultural sostenida, especialmente en las grandes ciudades y amplios sectores muestran una menor religiosidad práctica y una creciente valoración de la autonomía personal y la privacidad. El papel de las mujeres es central en este proceso de cambio cultural y son uno de los principales motores del descontento. Irán cuenta con una de tasa muy alta de mujeres universitarias, con valores interiorizados de igualdad y participación social que chocan con un marco legal discriminatorio. De igual manera, la juventud urbana se ha desarrollado en un entorno parcialmente conectado al exterior. A pesar de la censura y los bloqueos, el acceso a redes sociales y a narrativas alternativas ha erosionado el monopolio informativo del gobierno. También tienen su papel las minorías étnicas y religiosas (azaríes, kurdos, turcomanos, sunnies, cristianos, judíos, etc.), que sufren una doble presión por su identidad y por su posición socioeconómica. En resumen, esta realidad social más plural, más consciente y más exigente convive con unas élites políticas y religiosas envejecidas. Semejante contraste entre un aparato teocrático rígido y una sociedad dinámica y cambiante constituye el marco de fondo imprescindible para entender las tensiones, protestas y estallidos sociales que se han intensificado en los últimos años.
Crisis económica
Pero no sólo un Estado teocrático islamista es objeto de críticas. Aunque las protestas se asocien a demandas de libertades y derechos, el deterioro económico ha actuado como catalizador decisivo, ampliando el descontento de la sociedad. La crisis económica iraní responde a una combinación de factores internos y externos. No sólo es achacable a una pésima gestión manchada de corrupción, con estructuras poco transparentes, rigideces estructurales propias de una dictadura, falta de inversiones productivas en infraestructuras y economía de guerra financiando causas militares y al terrorismo como Hamas. También influyen sanciones internacionales (EEUU, UE, ONU, países individuales como Reino Unido, etc...) que les han limitado el acceso a mercados, divisas y financiación. Durante los últimos años, el país ha sufrido una inflación muy elevada y persistente, con incrementos continuos en el precio de alimentos, energía, vivienda y medicamentos. Esta dinámica ha erosionado de forma acelerada los salarios reales y los ahorros, empujando a amplios sectores de la población hacia una situación de empobrecimiento relativo. A ello se suma la devaluación sostenida del rial, moneda que ha perdido gran parte de su valor frente a las principales divisas. La depreciación monetaria ha encarecido las importaciones, reducido el poder adquisitivo y generado una sensación de inestabilidad permanente, con fuerte desempleo juvenil, falta de expectativas profesionales en una generación altamente formada. Incluso sectores tradicionalmente conservadores, como pequeños empresarios, también se han visto afectados por la caída del consumo y la incertidumbre económica.
El recrudecimiento de la situación: de 2022 al estallido de 2026
En 2022 Irán experimentó un importante punto de inflexión. Mahsa Amini, una joven kurda iraní de 22 años, murió bajo custodia policial en Teherán tras ser detenida por no llevar el velo correctamente. Su muerte desató protestas masivas en Irán bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”, que fueron reprimidas con violencia, ejecuciones y miles de detenciones. Este caso se convirtió en símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos en Irán y desde entonces se entró en una fase de conflicto social prolongado. Las protestas, tal como hemos contextualizado, se articularon en torno a una multiplicidad de agravios: restricciones de libertades, deterioro económico, discriminación legal y ausencia de expectativas de futuro. La movilización es absolutamente descentralizada y se consolidaron nuevas formas de protesta, menos visibles pero más difíciles de erradicar: actos cotidianos de desobediencia civil, incumplimiento simbólico de normas morales (no llevar velo las mujeres), protestas en concentraciones breves, huelgas sectoriales y paros puntuales no sin una fuerte presión represiva.
A medida que el malestar social se hacía más visible, el sistema optó por una huida hacia delante y fue cerrando progresivamente las vías de reforma interna. Lejos de adaptarse a los cambios sociales, el régimen optó por reforzar los mecanismos de control, reduciendo aún más los márgenes de participación y pluralismo. Durante los últimos años, el reformismo institucional se había centrado en liberalización económica, inversiones en industria automotriz, petroquímica y eléctrica, impulsar relaciones internacionales más abiertas para reducir sanciones como un nuevo acuerdo nuclear y más libertades en Internet bajo gobiernos moderados como el de Hassan Rohaní ó Masoud Pezeshkian. Sin embargo, ha quedado prácticamente neutralizado. El Consejo de Guardianes ha vetado de forma sistemática a candidatos moderados o reformistas, limitando las elecciones a opciones alineadas con el núcleo duro del poder, vaciando de contenido la competencia electoral y debilitando la confianza en las urnas como instrumento de cambio. Paralelamente, se ha producido un endurecimiento del discurso oficial, que presenta cualquier demanda de apertura como una amenaza al Estado y a la identidad islámica del país. La crítica interna es con frecuencia asociada a conspiraciones extranjeras.
Ante la escalada del conflicto social, la respuesta del Estado iraní ha sido la represión física, persecución judicial y un control del espacio informativo. En primer lugar, el uso de las fuerzas de seguridad se ha intensificado con detenciones masivas, presencia militar en espacios públicos y un empleo sistemático de la intimidación. En segundo lugar, el aparato judicial actúa como instrumento disciplinario, mediante juicios rápidos, condenas severas y castigos supuestamente ejemplarizantes. Por último, ha recurrido a la restricción del acceso a Internet, bloqueo de redes sociales y ralentización deliberada de las comunicaciones móviles. Estas medidas buscan dificultar la organización de protestas, aislar a los manifestantes y limitar la difusión internacional de imágenes y testimonios. Sin embargo, lo más estremecedor son las cifras de muertos que según estimaron varios funcionarios del ministerio de Salud al medio estadounidense Time, podrían llegar a los 40.000 y la inmensa mayoría de ellos en apenas dos días. Una auténtica masacre ocultada por el siniestro régimen de Irán.
La dualidad del activismo: hipocresía española frente a expectativas iraníes
Necesariamente, hay que relacionar las reacciones ante esta situación con la hipocresía deleznable de los "activistas" de extrema izquierda (que no de izquierda sin más). En el caso del conflicto entre Israel y Palestina no tienen ninguna duda ni reparo en condenar los excesos de Israel, abogar por la desaparición de dicho Estado, promover boicots a comercios israelíes e incluso me voy a permitir el lujo de reconocerles que incitan al odio por nacionalidad de todo lo israelí como por ejemplo, aunque resulte simbólico, colocar una pegatina en la puerta del bar de Pablo Iglesias tachando la bandera israelí. Esta gente que se da golpes de pecho de defensores de derechos humanos, son los mismos que se dedican a hacer "Venezuelasplanning" a los exiliados del régimen del depuesto Maduro usando como escudo un Derecho internacional que su héroe bolivariano jamás cumplió mientras masacraba, secuestraba o asesinaba a opositores y ciudadanos. Pero también son los mismos que callan, guardan silencio y con motivo de las sanciones a Irán recuperan el tema de Israel con Palestina porque no es un discurso que les favorezca. ¿Por qué? Porque Irán, como dictadura islamista, está provista del elemento que marca su gran debilidad como activistas: el miedo a que se les tache de xenófobos por poner la diana en la religión islámica aún en su vertiente más radical que poco o nada tiene que envidiar a los tiempos de la Inquisición. Además, Irán es enemigo geopolítico tradicional de los dos países que más odian del planeta: Israel y EEUU por este orden. Por todo esto, no hay que darle ningún margen de credibilidad a esta extrema izquierda que creyó que con una flotilla iba a salvar el mundo y que destrozar mobiliario urbano y comercios privados así como reventar la vuelta ciclista a España iba a parar un supuesto genocidio que sólo existe en sus cabezas, por muy condenable que sean los excesos del corrupto gobierno de Netanyahu. Actualmente, la masacre está sucediendo en Irán mientras los altavoces de los del pañuelo se desenfocan cobardemente al tiempo que las mujeres iraníes dan una lección a ellos y al mundo de auténtica libertad feminista.
De cara al futuro, una activista auténticamente pro democrática y feminista como Nilufar Saberi (de la cual puede escucharse una extensa entrevista hecha por Juan Soto Ivars en este enlace), sostiene que el régimen iraní no es reformable y que lo que se está viviendo no es solo una protesta, sino una revolución irreversible con el objetivo de terminar con la República Islámica. La estructura de poder teocrático es incompatible con los derechos humanos y se debe establecer un sistema democrático y secular donde dichos derechos estén garantizados para todos, incluyendo mujeres y minorías. Espera que esta unión social tenga un impacto duradero en la política iraní y en la conciencia colectiva de su pueblo, al tiempo que la comunidad internacional siga prestando atención y apoyo al pueblo iraní, tanto para proteger a quienes están en riesgo dentro del país como para aumentar la presión sobre el régimen. Para ella, la visibilidad global es un factor que puede acelerar el cambio. Ahora bien, no debe confundirse con una intervención extranjera. Frente a los casos de Gaza y Venezuela, Saberi entiende que el cambio debe de venir del pueblo iraní, protagonizado por mujeres, jóvenes, minorías, etc... dado que recela de la legitimidad que se percibiría de una intervención de EEUU o de alguna organización internacional. Sí está a favor de la presión diplomática, sanciones contra el régimen y visibilidad promovida por la ONU y tribunales internacionales. En definitiva, el caso de Irán difiere totalmente de los dos anteriores. Sin embargo, no es menos cierto que el callejón sin salida al que ha llegado el país está dejando miles de muertos como para que trate de acelerarse por todos los medios la expulsión de los islamistas radicales y facilitar un proceso de paz y transición. Ojalá sea posible de la mano del propio pueblo iraní, pero la situación de no retorno actual deja muchas dudas y Trump parece dispuesto a terminar interviniendo para cortar la guerra civil. Los próximos días pueden ser cruciales.

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