Macron: desgaste acumulado y sensación de desconexión
En Francia existe una tradición histórica de presidentes muy impopulares al final de mandato tras dos legislaturas. Sin embargo, según datos recientes de YouGov citados por Euronews, Emmanuel Macron figura entre los líderes peor valorados de Europa y con apenas un 18% de opiniones favorables. En dicha percepción probablemente influye que gobierna sin mandato claro tras perder la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. No hay que olvidar que Michel Barnier, primer ministro fue cesado por moción de censura. Anteriormente, Gabriel Attal había dimitido pero Macron rechazó la operación. Pero el caos no acabó ahí porque luego caería otro más en moción de censura, François Bayrou, y su sustituto Sebastien Lecornu dimitió meses después de tomar posesión para nuevamente ser otra vez designado por Macron. Todo esto evidencia no sólo una alta fragmentación parlamentaria sino una incapacidad extrema de mantener estabilidad gubernamental.
Una parte creciente de la sociedad francesa lo percibe como tecnocrático, distante, elitista, y excesivamente vinculado a las clases urbanas acomodadas. Eso tiene un reflejo en las tensiones entre núcleos urbanos como París, Lyon, Toulouse o Nantes y la periferia donde los problemas de menor competitividad industrial, exceso de regulaciones, costes laborales altos y vivienda son más acusados. Además, Macron sufre una paradoja: durante años se presentó como el gran dique de contención contra los extremos (como en su momento fue Merkel en Alemania), pero el debilitamiento del centro político ha acabado fortaleciendo tanto a la derecha identitaria de Le Pen como a la izquierda populista y pro islamista de Mèlenchon. Para la erosión del centro, la Francia de Macron ha atravesado varias crisis muy polarizantes y son las siguientes.
El movimiento de los chalecos amarillos fue una oleada de protestas populares entre 2018 y 2020 debido al incremento de los impuestos al combustible, bajo el argumento de la transición ecológica. La estructura de aquél movimiento era horizontal, es decir, tipo 15-M en España, aunque centrado en la periferia. Con el tiempo y pese que el gobierno se echó atrás, evolucionó hacia un clamor más generalizado de descontento por la pérdida de poder adquisitivo y la gestión política y más ideologizado. Las protestas se escoraron más a la izquierda al reclamar recuperar el impuesto de fortunas para los ricos y democracia directa. Igualmente protagonizaron fuertes disturbios en París y denunciaron actuaciones policiales. Forzaron el incremento del salario mínimo y con la pandemia se desactivaron.
La reforma de las pensiones se aprobó inicialmente en 2023, pero se suspendió hasta 2028, es decir, hasta después de las próximas presidenciales de 2027. Pretende retrasar la edad de jubilación de 62 a 64, subir la cotización de 42 a 43 años para percibir el máximo, restringir la jubilación anticipada y otros beneficios en algunos sectores específicos y establecer una pensión mínima. Estas medidas que en España no serían gran cosa, armaron "la mundial" en Francia con fuerte rechazo de la oposición y sindicatos, huelgas masivas y más disturbios, pero la primera polémica ya vino por su imposición por Decreto en 2023. La suspensión fue acordada en el proyecto de presupuestos como concesión al Partido Socialista y cortar más mociones de censura. Sin embargo, esa suspensión no permitió aliviar la crisis económica, dado que el motivo de la reforma era cumplir con las exigencias de Bruselas y atajar la enorme deuda pública francesa.
Respecto a la inmigración en Francia diversas estadísticas sobre delincuencia argumentan que los extranjeros aparecen sobrerrepresentados en determinados delitos en relación con su peso demográfico. También destacan la presencia de extranjeros en la población penitenciaria y en ciertas formas de criminalidad organizada. No obstante, hay que tener en cuenta que Francia limita la recopilación y difusión de estadísticas desglosadas por origen étnico o racial, lo que dificulta un análisis más completo. Con todo, detrás de esas cifras podrían estar fallando las políticas de integración y de vivienda, la asimilación cultural, ayudas públicas y, sobre todo, la concentración de población vulnerable en determinados barrios. Muchos inmigrantes y descendientes de inmigrantes viven concentrados en grandes conjuntos de vivienda pública, relativamente aislados del resto de la sociedad francesa. El canal VisualPolitik equipara esa situación con las experiencias observadas en Dinamarca y Suecia, donde sociedades paralelas terminan siendo focos de redes de narcotráfico y crimen organizado. Además, tal vez influya como atenuante que la inmigración esté estrechamente conectada a religiones de origen extranjero y con sentimientos identitarios mientras que el espíritu de la República francesa es esencialmente laico.
En ese contexto, muchos franceses perciben que el Estado ha perdido el control en ciertos barrios, aumentando la inseguridad. Ante esto, Macron ha intentado mantener una posición intermedia endureciendo parcialmente controles pero sin asumir discursos identitarios. Sin embargo, esa respuesta de "centro centrado" le ha provocado perder apoyo por los dos lados. La derecha considera sus políticas insuficientes mientras que parte de la izquierda le acusa de endurecerse demasiado. La vertiente radical de esta última estuvo implicada en disturbios urbanos tras el homicidio del adolescente Nahel en 2023. Sucesos como éste marcaron también la percepción pública y reforzaron la idea de fractura territorial y cultural.
En ese marco, la oposición de Marine Le Pen y Rassemblent National ha conseguido convertir inmigración y seguridad en temas centrales, pasando de ser importantes a dominantes. Pero también han logrado que muchos votantes conservadores o liberales ya no etiqueten a dicha fuerza como "amenaza antisistema", sino que la vean como alternativa legítima de gobierno. Ello se ha traducido en triunfos electorales como en las Europeas de 2024, que motivaron la disolución de la Asamblea Nacional. En esos últimos comicios, el macronismo recomendó votar en segunda vuelta a la candidatura "progresista" donde estaban metidos Mélenchon, Los verdes y los comunistas. Hay que tener en cuenta que aquí rige el sistema mayoritario con "ballotage" entre los dos más votados en la primera vuelta. En términos absolutos fue la candidatura de Bardella la que obtuvo más votos en toda Francia.
Friedrich Merz: expectativas incumplidas y crisis industrial alemana
Euronews señala también que Friedrich Merz ha sufrido la caída de popularidad más acelerada entre varios líderes europeos analizados, pasando de un saldo neto relativamente moderado a cifras extremadamente negativas en pocos meses. No es ya que sea el peor valorado en términos absolutos, sino que además es el que más rápido se ha deteriorado en su imagen pública. Así, YouGov calculó una caída de 34 puntos de saldo neto en menos de un año, es decir, de -14 a -48 lo que resulta una extraordinaria caída en picado para estándares alemanes. Y el dato de mayo de 2026 lo sitúa en -60. En el pasado Alemanía gozaba de liderazgos más estables, con menos polarización y con cancilleres con desgaste más lento como por ejemplo Merkel. El político demócrata cristiano fue líder del partido desde 2021. En septiembre de 2024 fue seleccionado como candidato de la CDU para las Elecciones federales de Alemania del 23 de febrero de 2025. Fue la lista más votada, pero tuvo que pactar con los socialistas que habían quedado en tercer lugar tras AFD. El país se enfrentaba a retos económicos como la debilidad del sector automovilístico (que había perdido terreno con Tesla), altos costes energéticos derivas de la guerra en Ucrania, desindustrialización parcial, fuerte dependencia exportadora agravada primero con la inflación y después con la crisis arancelaria y el envejecimiento demográfico.
Desde décadas, Alemania es el motor económico de Europa. El modelo alemán se apoyó en una energía relativamente barata, industria exportadora de alto valor añadido, automóviles de gama media y alta y un mercado chino como gran comprador. Esto le funcionó hasta la llegada de la pandemia. Desde entonces, Alemania ha perdido gran parte de su acceso al gas ruso barato, disparándose sus costes energéticos en materia química, metalúrgica, acero, etc... De esa manera, muchas empresas redujeron su producción o trasladaron sus inversiones moviéndose a EEUU o a Asia. En cuanto a China, que compraba muchos vehículos, ahora dispone de tecnología industrial, baterías y coches eléctricos que son fabricados por ellos y cada vez más competitivos. También les ha perjudicado la transición verde y las regulaciones europeas, encorsetando aún más el mercado. Ante esa situación, muchos votantes alemanes esperaban resultados rápidos y no los han percibido. A ello han contribuido también las tiranteces entre la coalición de centro derecha y centro izquierda en materias como pensiones, Sanidad, impuestos, transición energética y gasto social. Esas dificultades para ponerse de acuerdo pusieron en tela de juicio la gran coalición y sólo proyectaron una imagen de debilidad gubernamental en un escenario económico altamente preocupante para Alemania.
Alemania es uno de los países europeos que envejece más rápidamente, redundando en menor número de trabajadores, aumentándose el gasto en pensiones y disminuyendo su crecimiento potencial. Durante años, el modelo alemán asumía que la inmigración era necesaria para compensar el envejecimiento demográfico, sostener el sistema productivo y cubrir falta de mano de obra. Fue así especialmente tras la política de refugiados y puertas abiertas de Angela Merkel en 2015. La inmigración pasó de ser sólo económica a ser cultural y política. En grandes ciudades como Berlín, Hamburgo o Frankfurt la integración ha sido relativamente exitosa. Sin embargo, surgen tensiones en barrios con alta concentración migrante y la percepción pública se ha deteriorado por varios factores, como la presión sobre los servicios públicos (saturación escolar y falta de vivienda), dificultades de integración, sensación de pérdida de control por el aumento de asilos y entradas irregulares, aumento de inseguridad por delincuencia y radicalización por varios atentados islamistas que han tenido importante impacto psicológico. Entre 2024 y 2025 se han asistido a ataques ejecutados por refugiados afganos o sirios con órdenes de expulsión o bajo radicalización yihadista, como un atentado en Mannheim (un fallecido, cinco heridos), otro en Solingen (3 fallecidos y 8 heridos), otro en Aschaffenburg (dos muertos) y un apuñalamiento en Berlín. A esto se le une que según estadísticas de la policía alemana, más del 35% de los sospechosos de delitos comunes carecen de nacionalidad alemana y las agresiones con cuchillos superó los 29.000 casos anuales. Ante esto, Merz llegó articulando un tono más firme reestableciendo controles fronterizos fijos (pausando Schengen), endureciendo las leyes de asilo para acelerar las expulsiones y prohibiendo portar cuchillos en espacios públicos. Al igual que Macron no contentó ni a izquierdas ni a derechas.
Alice Weidel y Alternative für Deutschland han convertido la inmigración en el eje central de su narrativa. Su crecimiento ha erosionado especialmente a Merz porque parte del electorado conservador de éste último considera que no ha endurecido suficientemente la política migratoria ni ha revertido el rumbo económico. AFD ha conseguido romper un tabú histórico, dado que tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín Alemania tenía una cultura política muy distinta. Durante décadas el nacionalismo se ha visto estigmatizado y existía un importante consenso nacional centrista, predominando una política moderada. Sin embargo, la crisis económica e industrial y la inmigratoria han alimentado discursos de euroescepticismo (por el intervencionismo económico) y un nacionalismo basado en la defensa industrial y en el rechazo a la inmigración masiva y a élites verdes. Su discurso combina exigencias de control fronterizo, rechazo a políticas de asilo y protección de la identidad cultural alemana puesta en riesgo por la expansión del multiculturalismo migratorio. Llama la atención que su líder está casada con una mujer, por lo que rompe con la típica etiqueta de hombre heterosexual "macho alfa" o mujer contraria a familias alternativas, descolocando de esa manera a la izquierda en su narrativa.
Para Friedrich Merz, las elecciones regionales son especialmente sensibles porque Alemania tiene un sistema federal fuerte. Los Länder tienen mucho peso político y simbólico y AFD ha sido especialmente fuerte en regiones de la antigua Alemania oriental (la ex comunista), donde predomina una mayor desconfianza institucional y sensación de abandono. Por ejemplo en Sajonia (segundo lugar) y Turingia (primera fuerza con 30%). Otros importantes resultados entre 2024 y 2026 fueron en Renania del Norte (triplicando votos) y Brandenburgo (tercero duplicando votos). Los avances de AFD en las elecciones regionales han amplificado la cobertura mediática y aumentando la percepción de cambio histórico desgastando al gobierno federal. De hecho, la sensación sería que el Estado federal alemán no controla bien la distribución del fenómeno migratorio.
Keir Starmer. Decepción temprana y falta de relato
El caso de Keir Starmer es especialmente interesante porque su desgaste ha llegado muy rápido tras una victoria electoral enorme, lo que le diferencia en este último aspecto del anterior. El 4 de julio de 2024, los laboristas casi duplicaron su fuerza electoral con 411 escaños obtenidos y un 33,70% de los votos. Gran parte de ese subidón no se explica en un entusiasmo por Starmer, sino más bien por rechazo al partido conservador motivado por el desgaste de Boris Johnson, Liz Truss (45 días en el poder) y Rishi Sunak. Los escándalos del primero, la pésima gestión económica general y la sensación de inestabilidad movieron en masa al electorado a castigar a la derecha británica. Por tanto, los expertos británicos consideran que la mayoría parlamentaria no se asoció a una conexión popular fuerte más allá de su legitimidad electoral. Las encuestas reflejaron niveles de rechazo muy altos, comparables a algunos de los peores momentos de gobiernos anteriores británicos. Es más, comparando valoraciones del partido laborista y el Primer Ministro, éste ha resultado siempre peor valorado y el 50% opinaba que debe dimitir. Todo esto, en menos de dos años. YouGov le asigna un ratio de -50 puntos de aprobación.
En materia económica, se percibe una continuidad en estancamiento del crecimiento y en altos impuestos con subida de la inflación, alimentando una sensación de frustración generalizada con los servicios públicos. Ahora bien, a diferencia de Alemania, Reino Unido no afronta una crisis industrial tan marcada. Su problema es de productividad y arranca desde la crisis financiera de 2008, habiendo apenas avanzado los salarios reales y con una inversión empresarial irregular. Además, el mercado de la vivienda ha empeorado especialmente en Londres, sureste de Inglaterra y en grandes ciudades universitarias, restringiendo no ya la independencia de los jóvenes, sino formar familias y en general la movilidad social. Por tanto, la percepción de que se vive peor que hace quince años es políticamente devastadora. La sanidad pública tampoco se libra con problemas de listas de espera, falta de personal e inversiones, redundando en una mayor crítica al Gobierno de UK, quien tiene la competencia en Inglaterra y en Escocia (no así en Gales ni en Irlanda del Norte).
Tras el Brexit, la inmigración en Reino Unido tiene una dimensión específica y es que una parte fundamental del voto a la salida de la UE se vinculaba a demandas de control fronterizo, soberanía y restricción migratoria en el Canal de la Mancha. Sin embargo, el efecto ha sido justo el contrario. Los movimientos migratorios desde Europa han disminuido paralelamente al aumento de los extracomunitarios, alcanzando niveles récords en algunos periodos. Aunque Starmer evita discursos agresivos y prefiere mantener una imagen moderada de centro izquierda y, como Merz, tratar de compatibilizar necesidades económicas con control migratorio, de nuevo se asiste a un choque de clases. Por un lado quiere conservar a votantes urbanos, profesionales, jóvenes y progresistas, pero por otro falla en los pro-Brexit, antiguos bastiones obreros y clases medias preocupadas por su seguridad, vivienda y servicios públicos que suelen reclamar mayor control migratorio. Además, existe cierto elemento de inseguridad. Por ejemplo, la surrealista detención en Southampton de un hombre acuchillado y tirado en el suelo porque su agresor hindú le aseguró a los agentes que le había proferido insultos racistas. Otro ejemplo no menos polémico fue el de otro hombre acuchillado por un refugiado sudanés en Belfast. Este último hecho sólo llamó la atención mediática cuando se desataron reacciones xenófobas. Fueron mucho peores que lo de Torre Pacheco, pero nuevamente se silenció el problema de base que activa el botón del resto. Y se llama integración cultural y social.
El crecimiento de Nigel Farage y Reform UK explota la idea de que ni conservadores ni laboristas han recuperado el control y apunta como problemas el deterioro de la Sanidad pública, el aumento del coste de la vida, desconexión política de Londres con el resto del país y en general una sensación de decadencia nacional. Es por eso por lo que la súbita pérdida de credibilidad de Starmer no se traduce en un retorno en la confianza en los tories. Es preciso recordar que Farage ya fue un líder político con una importante influencia en el apoyo al Brexit (2018), a pesar de que su materialización haya traído consecuencias indeseables. Proponen un programa híbrido entre la "prioridad nacional" de VOX en España y el MAGA de Donald Trump con control fronterizo, un impuesto a empresas que contraten mano de obra extranjera barata, restricción del uso de viviendas sociales a residentes locales, rebaja del mínimo exento de renta y supresión de la Agenda 2030 eliminando impuestos verdes y políticas identitarios y de género en escuelas y espacios públicos, es decir, la ideología Woke.
Las elecciones locales y regionales celebradas en mayo de 2026 han supuesto fuertes pérdidas para el Partido Laborista, desplome en varios bastiones históricos y un avance muy importante de Reform UK siendo la fuerza más votada. Éstos consiguieron 1.453 concejales de un total de 5.000 y fueron primera fuerza en 15 municipios cuando 4 años antes sólo se hicieron con 2 concejalías. Estos resultados se han interpretado como el primer gran referéndum político sobre el gobierno de Keir Starmer y, en consecuencia, su balance ha sido muy negativo. Reform UK ha avanzado en ciudades industriales, zonas obreras y territorios históricamente laboristas como Sunderland, Barnsely y otros del norte de Inglaterra. Por tanto, se asiste a un importante cambio sociológico. Por el contrario, los laboristas no lograron conquistar a ningún bloque de forma clara al perder por todos lados. De la derecha, pierde por la situación económica, la gestión de la inmigración y los partidarios del Brexit. Por la izquierda, también se observa un crecimiento de los Verdes en las áreas urbanas.
Comparativa con España (Sánchez) e Italia (Meloni)
En el caso de Pedro Sánchez, con un ratio de -22 de popularidad, el contexto clave no está ligado exclusivamente a la economía y a la inmigración. Además, en el caso de la segunda no ha alcanzado los niveles de preocupación social de los anteriores países. El escenario clave es el de una percepción de corrupción generalizada por la acumulación de investigaciones y procesos judiciales que cercan a importantes cargos públicos socialistas, salpicando al propio Presidente. En España existe un bipartidismo funcional estable, el sistema obliga a coaliciones y apoyos externos desde hace más de diez años y, sobre todo, la oposición está muy dividida. Además, aunque crece Vox no tiene ni mucho menos las perspectivas que sus homólogos de derecha populista en Francia, Alemania o Reino Unido. Pero, sobre todo, Sánchez compensa el desgaste en encuestas y las derrotas regionales con unos niveles altos de polarización y rechazos en ciertos bloques ideológicos que le permiten mantener el poder. También dispone de la "colaboración" de entidades mediáticas en el desarrollo de una narrativa proteccionista de su Gobierno. De hecho, le ha permitido amortiguar picos de descenso de popularidad. Dicho en otras palabras, tanto el sistema como la cultura política bloquea alternativas claras de mayoría estable, redundando en una especie de resiliencia institucional por fragmentación y no por popularidad.
Con Giorgia Meloni, en Italia se asiste a una estabilidad por hegemonía del bloque ganador. Ha logrado una coalición relativamente estable y cohesionada en la derecha y controla la narrativa cultural incluso con más éxito que Sánchez, centrándose en identidad, soberanía e inmigración. Además, no tienen ninguna amenaza electoral de populismo de derecha precisamente porque Fratelli d'Italia es quien ocupa ese espectro que está en claro ascenso no simétrico pero observable en Europa. Por lo tanto, esa tendencia precisamente reforzaría su posición. Sin embargo, ello no implica que esté reñido con la percepción de una buena gestión. Además, no existen escándalos de corrupción ni en su gobierno ni en el partido y la oposición de izquierda está fragmentada. Por tanto, aunque sufra el desgaste normal de cualquier gobierno (-17 de ratio de aprobación) no existe una alternativa unificada creíble y en consecuencia su bloque mantiene la hegemonía electoral tras los comicios regionales de 2025 con 12 conquistadas de 20.
Conclusiones
Los tres líderes coinciden en un descenso muy importante de su popularidad, pero con velocidades distintas. El ritmo francés ha sido más lento, percibiéndose de forma más clara tras la pandemia hasta llegar a una situación de descontrol de gobernabilidad. En cambio el alemán y el británico fue mucho más acelerado y en menos de dos años. La diferencia es que el segundo partió de un pico más elevado, pero sustentado en un espejismo: el rechazo generalizado al partido conservador por la crisis de credibilidad y liderazgo.
En materia económica también coinciden en crisis derivadas de la inflación y los efectos de la Guerra de Ucrania. Pero cada uno asiste a particularidades. En el caso alemán parece haber golpeado de forma más dura el corazón de sus ciudadanos con su importante pérdida de hegemonía, especialmente notable en la industria. En el ejemplo de Reino Unido, el talón de Aquiles habría sido la caída de productividad ya en niveles poco competitivos antes del Brexit, pero intensificados tras el mismo. En cambio, en Francia se alude más a su gestión política manifestada en un intervencionismo regulatorio que ha multiplicado las protestas.
En inmigración, los tres sufren importantes problemas de gestión de la misma y que pueden percibirse en el reporte de sucesos de criminalidad y en la percepción de inseguridad ciudadana. Los líderes, según la gente, estarían completamente alejados de los barrios y esas políticas públicas pro inmigración serían ahora vistas como caballos de Troya de conflictos multiculturales y presión sobre servicios como vivienda y Sanidad. Hasta cierto punto, esto se puede ocultar e ignorar política y mediáticamente, pero no socialmente.
Esa sensación de inseguridad y perdida de identidad serían el caldo de cultivo para el auge de fuerzas populistas de derecha, coincidiendo en los tres países un crecimiento exponencial de la popularidad de esas fuerzas. Opciones políticas que, además, para la gente no encajan de forma simple en "extrema derecha". En todo caso articulan un discurso antisistema apuntando al esquema actual que, para esos desencantados, promueve una respuesta radical y sin complejos. Así que esos tres líderes serían percibidos como el inmovilismo y se acelera su ya avanzado desgaste.
En encuestas y resultados electorales, parece que la periferia es la que manda. Existe una fuerte polarización y percepción de desconexión cultural con amplias capas sociales. Macron ha perdido mucho terreno más allá de Paris, las grandes ciudades y votantes con alto nivel de educación. Parece haber tocado suelo político, dado que conserva un núcleo centrista relativamente fiel. Pero lejos del mismo genera un rechazo masivo del 70% y eso es índice de algo más profundo que el simple desgaste. Merz, por su parte está perdiendo apoyo sobre todo en la Alemania del Este, manifestándose que la pérdida progresiva del poder regional es una importante antesala de derrotas más generales. Por su parte, Starmer sufrió un batacazo en elecciones locales incluyendo zonas obreras y tradicionalmente laboristas que ha podido acelerar su meditada decisión de dimitir.
Las comparaciones con Sánchez y Meloni ofrecen escenarios muy dispares a los anteriores. En el primero le asola la investigación de corrupción y no tanto la gestión económica y de inmigración. Sin embargo, ha sabido manejar el discurso mediático para amortiguar su caída sin llegar a los niveles de inframundo de los tres estudiados. Además, Vox no tiene un impulso suficientemente amenazador pero es usado como muñeco para movilizar a la izquierda. En cuanto a Meloni, le sostiene la percepción de buena gestión entre sus votantes y que la derecha anti inmigración masiva son ellos mismos, pero al mismo tiempo una oposición dividida y sin programa alternativo compacto.
En definitiva, lo que comenzó como un problema de popularidad en tres grandes países europeos terminó derivando en fenómenos distintos. En Francia, Macron ha visto erosionada su capacidad para construir mayorías estables. En Alemania, Merz gobierna bajo la presión de un modelo económico en crisis y transformación y el auge del populismo de derecha. En Reino Unido, el desgaste político ha llegado hasta el propio liderazgo desembocando en una dimisión. Quizá el problema europeo ya no sea únicamente ganar elecciones, sino que cada vez parece más difícil conservar la capacidad de gobernar después de ganarlas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por comentar desde el respeto